ANNA PLAYLIST

lunes, 26 de noviembre de 2012

Cap. 4 El Tratado De Paz


Varias cosas habían cambiado aparte de mi aspecto. Como bien suponía, mis sentidos se habían perfeccionado más aún. Incluso mi fuerza había aumentado.
Otro cambio era que había adquirido un repentino pavor a la noche. Desde mi radical cambio de imagen me daba pánico dormir sola. Una terrorífica idea había anidado en mi cabeza: ¿Y si volvía a sufrir un nuevo crecimiento desmesurado y una mañana me levantaba convertida en una anciana? Me habían explicado cientos de veces que eso no iba a pasar, que mi crecimiento se había detenido y que no volvería a cambiar. Pero de nada les servía. No estaba tranquila si alguien no pasaba la noche a mi lado para asegurarme que todo iba bien.
Normalmente era Rose quien se cargaba de revistas –o de Emmett- y permanecía junto a mí hasta que llegaba el día y yo comprobaba por mí misma que todo seguía igual. A ella le encantaba quedarse conmigo por dos razones: la primera, porque le gustaba hacerlo. Encargarse de mi cuidado era su pasatiempo favorito; la segunda razón era que tanto ella como mi padre se negaban a que Jacob se quedase conmigo todas las noches. Sin embargo, nadie podía evitarle que me hiciese compañía al menos tres noches a la semana.
Lo cierto es que estaba encantada de que todos se turnasen para no dejarme sola mientras dormía. Pero yo ansiaba el momento en el que llegase el turno de Jake. Podíamos pasarnos la noche entera hablando y riéndonos sin parar. Lógicamente, al día siguiente estábamos tan agotados que nos pasábamos todo el tiempo tirados en cualquier sillón, muertos de sueño.
Me encantaba estar con él. Sabía hacer desaparecer cualquier preocupación que me acechase sólo mirándome con sus enormes ojos negros y sonriéndome mientras me aseguraba que todo iba a salir bien. Me sentía aliviada sabiendo que iba a estar a mi lado siempre que le necesitase. Era mucho más que mi mejor amigo y estaba unida a él por un lazo mucho más fuerte que el fraternal. No había nada que pudiese definir lo que significaba para mí. Era, simplemente, mi Jacob.
Pero, a pesar de ser casi imposible que hubiese en el mundo alguien más feliz que yo, había algo que empañaba esa felicidad. Algo que me extrañaba y me molestaba, y que me dolía más que cualquier otra cosa. La actitud de mi padre hacia mi amigo y viceversa. Siempre me había dado la sensación de que ninguno de los dos soportaba con demasiado agrado la cercanía del otro. Cuando le preguntaba a Jacob acerca de este asunto, él se refugiaba en lo mucho que aborrecía tenerle siempre dentro de su cabeza. Mi padre se limitaba a decirme cosas que yo aún no entendía. Y si insistía en saber cuáles eran esas cosas, me pedía que tuviera paciencia. “Todo se sabrá a su debido tiempo…”.
Pero el tiempo seguía pasando y a mí me sacaba de mis casillas ver cómo cada día que pasaba se llevaban peor. No entendía que era lo que mi padre veía en la mente de Jacob que tanto le molestaba. Y puesto que se negaba a contármelo, siempre acababa enfadándome y encerrándome en mi cuarto.
Las cosas estuvieron a punto de sobrepasar el límite una tarde, varias semanas después de mi transformación.
Carlisle estaba en el hospital, Esme y Rosalie habían salido de compras y mi madre, Alice y Jasper se encontraban cazando. Así que en casa estábamos mi padre, Emmett, Charlie, que había venido de visita, Jake y yo. El abuelo y Emmett estaban inmersos en un partido de baloncesto al que mi padre parecía estar prestándole demasiada atención, teniendo en cuenta lo poco que le interesaban los deportes. Pensé que debía de tratarse de un encuentro muy interesante.
Mientras tanto, Jacob y yo, acurrucados junto al ventanal, conversábamos animadamente sobre las anécdotas que habían tenido lugar ese fin de semana durante la boda de Sam y Emily. La habían estado posponiendo alegando diferentes motivos, pero todos sabíamos que la verdadera razón era Leah.
Ambos nos reíamos recordando cómo había tenido que hacerme pasar por una prima de mi madre delante de la gente normal. Más de una vez se me había escapado llamarla “mamá”, provocando que cualquiera de los licántropos que anduviera por allí en ese momento rompiera a reír a carcajadas.
Estabas realmente preciosa con aquel vestido rojo. Levantaste casi más expectación que la propia Emily. ¿Qué has hecho con él?
Guardarlo, ¿por…?
Porque pienso que deberías ponértelo más a menudo.
Sí, debe de ser muy cómodo salir a cazar con él -ironicé-. Recuérdame que me lo ponga la próxima vez que vayamos al bosque.
Miró al exterior sonriente. Pude oir cómo se alteraba la respiración de mi padre. En un primer momento pensé que se debía a algún lance del partido, pues Emmett y el abuelo saltaron del sillón en ese mismo instante, pero vi cómo miraba a Jacob con el rabillo del ojo. Intenté no darle importancia y seguir con nuestra conversación.
Voy a pedirle a Rose que me corte el pelo.
Pese a que me esforcé por usar el tono más casual posible, hubo una leve nota de preocupación en mi voz.
¿Cómo? ¿Estás de guasa? No se te ocurra hacerlo.
Tuve que reírme al verle. Se había incorporado a medias y me miraba con los ojos muy abiertos y sin parar de gesticular. Mi pelo era su punto débil.
¿Cómo que no? Tú te lo cortaste la semana pasada.
No es lo mismo. Lo mío es por comodidad -me incorporé para mirarle más de cerca-. Lo es y lo sabes.
Ya, pues Quil y Brady lo llevan bastante largo.
Sí, y pregúntales cómo se lo pasan cuando tienen que peinarse.
Siempre usas la misma excusa. Mamá me contó que cuando ella llegó a Forks, lo tenías larguísimo.
Puso los ojos en blanco y me dio tres toquecitos en la sien con el dedo índice.
¿Tengo que recordarte que hace mucho, cuando tu madre llagó a Forks, yo aún no era un licántropo?
Imité su gesto.
¿Y yo tengo que recordarte que a mí me gustas más con el pelo largo?
Su cara se expandió en una enorme sonrisa.
¿En serio? -entorné los ojos viéndole venir-. ¿Te gusto?
¡Tú no, idiota! Lo que me gusta es tu pelo… Cuando lo tienes largo, claro, no ahora que pareces una… bombilla.
Vale, vale. Me dejaré el pelo algo más largo. Lo que sea con tal de que mi princesita esté contenta. Pero tú deja el tuyo como está, ¿entendido?
Asentí, intenté copiar su sonrisa y volví a acomodarme entre sus cálidos brazos. A pesar de que el día no era frío en absoluto, me sentía a gusto pegada a él. Últimamente notaba como su temperatura corporal estaba descendiendo de forma sutil. Era un cambio minúsculo que nadie habría podido notar con facilidad. Nadie excepto yo, que estaba tan acostumbrada a su cercanía que podría notar enseguida cualquier cambio que se produjera en él por insignificante que fuese.
Una de las noches en las que se quedó conmigo le pregunté a qué podía deberse el enfriamiento de su piel.
<<Tengo dos teorías al respecto. La primera es que pasar tanto tiempo rodeado de chupasang… ¡ay! -le asesté un codazo en las costillas-, es decir, de tu familia, está haciendo que me transforme en uno de ellos. La segunda teoría es que mi organismo se está normalizando. Sinceramente, espero que sea lo segundo.
Mientras recordaba esto, permanecimos abrazados en silencio. Él acariciaba mi pelo y yo hacía dibujos en su pecho con mi dedo. Entonces mi padre se levantó y se acercó a nosotros a una velocidad vertiginosa. Sus ojos se habían oscurecido y tenía las aletas de la nariz dilatadas. Emmett y Charlie habían dejado de prestarle atención al partido y paseaban sus ojos de él a nosotros con una mezcla de sorpresa y miedo en ellos.
¡Ya está bien, perro! -rugió.
¡Eso mismo digo yo! -Jacob me soltó y se puso en pie frente a él-. ¡Son mis pensamientos!
¡Y ella es mi hija!
Veinte pavos por Edward -oí murmurar a Emmett.
Yo apuesto por Jacob -le rebatió Charlie.
Mi padre retiró los labios para dejar a la vista su reluciente dentadura. Fue como una señal para que mi tío se dejase de bromas y volase literalmente a su lado para intentar calmar los ánimos. Yo me sacudí el miedo que me atenazaba cada uno de mis músculos y me coloqué entre ambos.
¿Alguien va a hacer el favor de explicarme qué demonios está pasando aquí?
Miré primero a uno y luego al otro con la esperanza de que dejasen de matarse con la mirada y me prestasen atención. Pero era como si me hubiera vuelto invisible de repente. Comencé a dar saltitos y a agitar los brazos delante de sus narices para ver si, aunque fuese haciendo el payaso, conseguía que me mirasen
¡Eo! Estoy aquí. ¿Es que no me veis? -después de todo, conseguí mi objetivo y ambos me miraron-. Decidme qué es lo que pasa.
Eso pregúntaselo a tu mascota.
¡Ya vale, papá! Ten al menos un poco de respeto. Yo no sé qué es lo que ha podido hacer Jacob. Pero lo que tengo claro es que él no te ha ofendido.
No hace falta insultar para ofender -ambos volvieron a mirarse con furia-. Hay muchas otras formas de hacerlo y él parece saber cómo emplearlas.
El primero que falta al respeto eres tú entrometiéndote en lo que no te importa.
¿Qué no me importa? -daba la sensación de que iban a atacarse de un momento a otro y no se me ocurría forma alguna de evitarlo-. ¿Lo dices en serio? ¿Cómo puede no importarme que…?
¡Se acabó! -grité temblando de rabia-. Mirad, no sé qué clase de problema tenéis, pero ya no lo soporto más. O cambiáis o no quiero saber nada más de ninguno de vosotros.
Me di la vuelta para irme. Jacob intentó detenerme, pero esquivé su mano y subí a mi cuarto. Cerré con un portazo y me tumbé en la cama poniéndome los cascos y subiendo el volumen del reproductor al máximo. Si iban a seguir discutiendo, prefería no enterarme.
Unos minutos después la puerta se abrió. Era Jacob. Me quité los auriculares y dejé el reproductor sobre la mesilla. Me incorporé hasta quedar sentada y fijé los ojos en el suelo. Estaba tan enfadada que ni siquiera quería mirarle.
¿Puedo pasar?
Ya estás dentro -le respondí con sequedad.
Ladeó la mandíbula inferior en un gesto de absoluta contrariedad. No hacía falta leerle la mente para saber que no tenía ni idea de lo que iba a decirme.
Creí que había quedado claro que no quiero saber nada de vosotros hasta que hubieseis solucionado vuestras diferencias. ¿Es que ahora resulta que no hablamos el mismo idioma?
Le di la espalda con el único fin de hacerle sentir incómodo y que volviese a dejarme sin más compañía que la de mi música. No funcionó.
Oye, Ness, no seas así, ¿vale? He venido en son de paz.
No quiero una tregua, sino el final de esta guerra -le miré reticente-. ¿Crees que sería posible?
¡Mi teniente! -se colocó totalmente erguido y colocó su mano derecha en la sien, imitando la pose de un soldado-. Pido permiso para hablar, señor.
Haciendo un enorme esfuerzo por no reírme, asentí.
Señor, los contendientes hemos firmado un tratado de paz. La guerra ha terminado, señor.
¿Está seguro de que no es una burda tregua, soldado?
Totalmente seguro, señor. El enemigo se ha mostrado dispuesto a dialogar y ambos bandos hemos acordado las condiciones de paz, señor.
Ya sin poder aguantarme, esbocé una sonrisa y moví la cabeza con resignación. Se sentó a mi lado y me pasó el brazo sobre los hombros, acercándome a él. Apoyé la cabeza en su pecho, dejando que su calor me invadiera. Empezó a hablar tan bajo que me hizo dudar sobre si se dirigía a mí o a sí mismo.
Te aseguro que a mí todo esto me gusta casi tan poco como a ti. Pero no soporto que esté continuamente controlando todo lo que pienso.
A veces me gustaría haber heredado ese don y poder saber qué es eso en lo que piensas que tanto le molesta.
La mayoría de las veces no son más que bobadas.
¿Y las demás veces? Jake, mi padre no es precisamente de los que se enfadan porque sí. Debe de haber algo en esa cabezota tuya que él no soporta.
Alargué la mano y le di unos golpecitos en la frente.
Pues tú dirás… -se removió incómodo-. Yo sólo puedo decirte lo que sé. Pregúntale a él para conocer su versión.
¿Y antes?
¿Antes?
Bueno, por lo poco que pude entender, creo que lo que le ofendió fue algo que pensaste sobre mí.
¿Sobre ti? Esto… ¡No! Yo no… No estaba pensando en nada que… No estaba pensando en ti, de verdad.
Oí cómo su corazón se disparaba. Separé mi cabeza de él para poder mirarle a los ojos. Los apartó enseguida de los míos, ligeramente sonrojado.
¿Jake?
En serio, no era nada.
¿Eres consciente de lo mal que se te da mentir? ¿Es que no confías en mí?
¡Eh! Eso no es justo. No estás jugando limpio.
Tú tampoco lo haces al ocultarme cosas. Se supone que eres mi mejor amigo, y los amigos se lo cuentan todo.
Vale, vale. He caído en la trampa. Verás, yo… Bueno, pensaba en… Me estaba acordando de tu vestido rojo.
¡Deja de mentirme, Jacob!
¡Pero si es la verdad!
¿Acaso crees que voy a tragarme que mi padre ha estado a punto de lanzarse a tu garganta sólo porque has pensado en mi vestido?
Eres su hija, Nessie. Su única hija. Ya sabes lo q eso significa.
Me arrodillé sobre la cama para tener mis ojos a la altura de los suyos y le miré con gesto asesino.
¿Qué estás insinuando?
No insinúo nada. Ya sabes lo que pasa con los hijos únicos. Sabes cómo son de…
Salté sobre él sin dejarle terminar, haciéndole caer de espaldas y golpeándole mientras él se partía de risa sin intentar siquiera defenderse. Aunque emplease todas mis fuerzas, él apenas lo notaría. Estaba tan pendiente de buscarle un punto débil que no me di cuenta de que mi padre nos miraba desde la puerta hasta que le oí carraspear. Me incorporé a toda velocidad y tiré de la camiseta de Jacob para que hiciese lo mismo.
Perdón mi padre parecía casi tan incómodo como yo-. Siento molestar, pero Charlie se va y quería despedirse.
Ahora mismo bajamos.
Observó a Jacob de forma interrogante durante unos segundos, suspiró y volvió a salir. Examiné la cara de mi amigo y comprobé que su expresión había cambiado por completo. Estaba serio, casi molesto. Sus uñas se clavaban en mi edredón con tal fuerza que temí que fuese a desgarrarlo. Enrosqué mis manos alrededor de sus muñecas hasta que sus músculos volvieron a relajarse.
¿Ocurre algo?
No.
¿Más mentiras, Jacob?
Tengo que irme.
Se levantó y se encaminó a la puerta. Yo me adelanté y me coloqué frente a él cortándole el paso.
Primero dime qué es lo que pasa.
Ahora no, Ness, por favor. Llevo todo el día sin pasarme por casa y mi viejo se preguntará dónde ando.
¿Desde cuándo te importa llegar pronto a casa?
He notado a Billy algo molesto conmigo. No paso mucho tiempo con él y hay cosas que no puede hacer sólo.
¿Y qué hay de Paul y Rachel? Ellos también pueden ayudarle con esas cosas, ¿no?
Dudó unos instantes. Finalmente se inclinó sobre mí, me besó en la frente y me rodeó para llegar a la puerta.
Mañana nos vemos… Supongo.
Fue lo único que dijo antes de salir y volver a cerrar dejándome sumida en la certeza de que me estaba ocultando algo importante.
Aunque bajé a los pocos segundos, cuando llegué al salón él ya se había ido.
Charlie me recibió con expresión divertida y aprovechó mientras me abrazaba para hablarme al oído.
Cariño, tenías que haberte quedado. El lobo ha conseguido amaestrar al murciélago.
Mi padre gruñó y Emmett no pudo reprimir una carcajada. Charlie les miró sorprendido de que le hubiesen oído. Aún no sabía que, por muy bajo que hablase, en aquella casa se le oiría como si estuviese gritando.
Abuelo, no seas cruel -le di un beso-. Vuelve pronto, ¿sí?
El viernes hay partido -informó Emmett desde el sofá.
Charlie asintió complacido. Entre ellos había nacido una gran amistad alentada por la pasión que ambos sentían por el deporte.
Entonces te veo el viernes —apretó su abrazo—. Cuídate.
Le vi desaparecer tras la puerta de la cocina, donde mi madre y Esme le estaban preparando unos espaguetis especiales que olían de miedo. Su olor me recordó a Jacob. Era su comida favorita. Sobre todo los que llevaban el ingrediente secreto de Esme, que no era otra cosa que salsa barbacoa.
¿Qué le habría pasado? ¿Por qué se había marchado con tanta urgencia? Miré a mi padre en busca de respuestas, pero se limitó a encogerse de hombros y meterse también en la cocina. Menudo momento había escogido para dejar de interesarse por los pensamientos de mi amigo… Enfurruñada, me senté junto a Emmett, que seguía ensimismado viendo el resumen del partido, y esperé a que la cocina quedase vacía.
Me comí un enorme plato de espaguetis. La fobia que sentía hacia la comida cuando era pequeña había pasado a la historia. Fregué mi plato y decidí irme a la cama.
Tía Rose, hoy no hace falta que subas.
Todos me miraron. Unos sorprendidos y otros extrañados. Rosalie frunció el ceño.
¿Estás segura?
Sí, tranquila. Estoy agotada. Hoy ni siquiera creo que me despierte.
De acuerdo, como quieras. Pero si necesitas algo avísanos, ¿de acuerdo?
Lo haré. Buenas noches.
Buenas noches -contestaron todos a la vez. Ni un coro lo habría hecho mejor.
Apenas había apagado la luz cuando oí a alguien subiendo las escaleras. La puerta se abrió y pude distinguir en la oscuridad la perfecta sonrisa de mi padre. Cerró y vino a sentarse a mi lado.
¿Va todo bien?
Como la seda, ¿por qué?
Por nada en especial. Sólo quería asegurarme de que no había ningún problema.
Nos quedamos en silencio. El tono de su voz me indicaba que estaba preocupado. Me incorporé y apoyé la mejilla en su hombro.
Cielo, me gustaría disculparme por lo ocurrido esta tarde. Nos hemos comportado como niños y te hemos ofendido. Jacob y yo hemos hablado y hemos intentado buscar la solución más adecuada. Yo no me entrometeré en sus pensamientos y él intentará no pensar en… ciertas cosas.
¿Y cómo sabes si él va a estar pensando en esas cosas si no vas a leerle el pensamiento?
Va a ser imposible cumplir del todo mi parte del trato -hice un mohín-.Te prometo que intentaré actuar de modo que él ni lo notará… Siempre y cuando él cumpla su parte.
Espero que así sea. No me gusta que estéis siempre como el perro y el gato. Detesto veros discutir.
Lo sé. Y una vez más, te pido disculpas.
Disculpas aceptadas.
Acarició mi mejilla con la punta de su nariz y se levantó para irse. Sujeté su mano.
Papá, ¿me harías un favor?
Claro que sí, lo que quieras.
¿Podrías quedarte conmigo hasta que me duerma?
Nada me gustaría más.
Se tumbó sobre la colcha y yo me refugié entre sus brazos. Sentía el frío de su piel traspasando la ropa de cama pero, al igual que me ocurría con la calidez de Jacob, era algo a lo que ya estaba acostumbrada y que no me molestaba en absoluto.
Con su dulce voz comenzó a tararear la melodía que le pedí que compusiera para mí años atrás, cuando mi madre me habló de su nana.
Mis ojos comenzaron a cerrarse.

Cap. 5 Los Diarios


Había cosas que no lograba entender. ¿Qué le pasaba a Jacob? ¿Por qué se comportaba de un modo tan extraño?
Todo comenzó a cambiar el día que tuvo la discusión con mi padre y se fue de una forma excesivamente apresurada. Y de eso hacía ya algo más de dos semanas. Desde entonces casi no aparecía por casa. Cuando lo hacía, apenas se quedaba unas horas y siempre que podía, evitaba quedarse a solas conmigo.
Aunque sabía que yo no había hecho nada, no podía dejar de sentirme culpable. De un modo u otro, de quien se estaba alejando era de mí.
Por otro lado, no había vuelto a necesitar que nadie pasase las noches conmigo. Ellos pensaban que mi temor a sufrir un envejecimiento prematuro había desaparecido pero, aunque en parte tenían razón, sólo mi padre sabía el verdadero motivo. Me pasaba las noches escuchando música, leyendo, enredando con el ordenador… Haciendo cualquier cosa que me evadiese de la realidad, que me hiciese olvidar la amarga sensación de que estaba perdiendo irremediablemente a mi mejor amigo sin una razón aparente. La presencia de cualquier otra persona a mi lado, sólo servía para arrastrarme de nuevo a esa realidad que me aplastaba.
Estaba anocheciendo. La lluvia arreciaba y el frío era de todo menos normal en pleno mes de agosto. Jacob acababa de irse. Había estado hablando con mi padre y cuando salió parecía enfadado. Se sentó a mi lado, pero se levantó unos minutos después y salió dando un portazo. Supuse que habrían discutido una vez más, pero no quise darle importancia. Me daba igual lo que hiciesen mientras no fuera delante de mí. Era una postura egoísta pero, como decía Charlie: “ojos que no ven, corazón que no siente”. Y así me lo tomaba yo. Había intentado salir tras él, pero cuando llegué al porche ya había desaparecido. Por el suelo pude ver los restos de su ropa y las zapatillas que le regalé hacía unos días hechas jirones.
Me senté en las escaleras de la entrada y me concentré en los diferentes sonidos que creaban las gotas de lluvia dependiendo de dónde cayesen. El tejado, la tierra, el asfalto, las plantas… La mezcla de todos ellos producía una deliciosa melodía que me hizo apartar por un momento todas las preocupaciones que atestaban mi cabeza.
¿Puedo sentarme contigo?
Me aparté para dejarle sitio. Mi madre se sentó a mi lado y me tomó las manos.
Renesmee, tengo que hablar contigo sobre algo.
Ella era la única que, salvo raras y contadas excepciones, seguía llamándome por mi nombre completo. Todos los demás habían adoptado el diminutivo que me asignó Jacob.
La miré preocupada. Algo me decía que lo que iba a contarme no me iba a gustar demasiado. Parecía vigilar cada uno de mis gestos. No terminaba de encontrar lo que quería decirme ni la forma de hacerlo.
¿Sabes? En una película escuché una frase que ahora mismo me viene bastante bien -comenté-. “Si fuera bueno, no sería tan difícil de decir”.
Dame tiempo, ¿vale? No sé cómo hacerlo… ¡Es que esto es completamente injusto! Apenas tuve tiempo de asimilar que había tenido un bebé y ya tengo que vérmelas con una hija adolescente.
En un primer momento me asusté. Su voz sonaba tan dura que llegué a creerme que estaba realmente enfadada conmigo. Una sonrisa me demostró que me equivocaba.
Tranquila, eres la única madre que conozco, no tengo con quien compararte para juzgar si lo estás haciendo bien o mal -mi broma sonó demasiado forzada. Inspiró pausadamente-. Va, mamá. Escúpelo. Cuanto antes mejor, ¿no?
De acuerdo, verás… Nosotros… Tenemos que irnos.
¿Irnos? ¿Quiénes? ¿A dónde?
Todos. A Fairbanks, Alaska. Está cerca de Denali, así que…
¿A Alaska? Pero, ¿por qué? Siempre pensé que cuando nos fuésemos sería a New Hampshire o a algún sitio más cercano. ¿Por qué a Alaska? ¿Por qué...?
Las palabras se me atascaban en los labios. En cualquier otra ocasión me habría sentido una estúpida enlazando una pregunta tras otra de forma tan precipitada. Pero apenas sí era consciente de estar hablando. Esto era ya lo que me faltaba. Estaba al borde del colapso.
Carlisle cree que nos vendría bien vivir cerca de otro aquelarre… Renesmee, yo tampoco quiero irme pero tenemos que hacerlo. La gente está empezando a sospechar. Ya no sé qué excusa poner cuando me preguntan por ti.
Cuando experimenté el cambio, mi madre tuvo que inventarse que yo era una prima suya y que la niña a la que ella y mi padre habían acogido se había ido a pasar una temporada con unos familiares de Esme… Ese era uno de los inconvenientes de vivir en un pueblo tan pequeño donde todos se conocen. Sobre todo si eres familia del admirado jefe Swan.
Me levanté y comencé a deambular de un lado a otro dándome golpecitos en la frente con la palma de la mano. Intentando de ese modo poner en orden mis pensamientos.
No puede ser, no puede ser, no puede ser…
Te aseguro que soy tan poco partidaria de ésto como tú. Pero es la única solución.
¿Cuándo?
Tenemos que preparar aun algunas cosas y…
Mamá, ¿cuándo?
Pasado mañana.
¿¡Pasado mañana!?
Tuve que sujetarme a una de las columnas para no caerme de bruces. Mi madre me sujetó y me ayudó a sentarme de nuevo en las escaleras.
Respira. Cálmate. Vendremos a menudo. Y ellos podrán ir a visitarnos.
Era incapaz de hablar, por lo que coloque mi mano sobre las suyas.
Sí, cielo. Jacob también irá.
¡No, mamá! -mi voz sonó como un grito ahogado-. No te estoy preguntando si él podrá visitarnos. Sé que lo hará. Lo que quiero saber es si tiene algo que ver con esto. Él… ¿Lo sabe?
Sí. Tu padre se lo dijo esta tarde -recordé el modo en que se fue y le encontré algo de lógica-. Por eso su comportamiento de antes no ha sido como el de siempre.
Hace tiempo que su comportamiento no es el de siempre. Y no puedo dejar de pensar que ese cambio tiene mucho que ver conmigo.
Tú no tienes la culpa de nada. Jake tiene algunas… dudas que resolver. Por eso anda tan serio.
¿Dudas? ¿Qué tipo de dudas? No creo que me evite sólo porque tenga algunas dudas.
No te está evitando. Pero es algo que él tendrá que explicarte. Ya lo entenderás.
Ya lo entenderás. Odiaba esa frase. Y todos parecían empeñados en repetírmela una y otra vez. Iban a terminar volviéndome loca. ¿Cuándo se suponía que iba a empezar a entender las cosas? Iba a cumplir ocho años, pero tanto mi cuerpo como mi mentalidad estaban más próximos a los veinte. ¿Es que la gente normal aun no entiende las cosas a esa edad?
Me voy a dormir. Últimamente tengo la sensación de que los días son demasiado largos y no quiero seguir alargando éste.
Cariño, por favor, no te enfades.
No estoy enfadada, mamá. Sólo algo aturdida. Necesito dormir un poco y tratar de aclararme.
Ya verás como no va a ser tan malo. Todo irá bien mientras permanezcamos juntos.
Seguro que sí.
No sonó ni de lejos todo lo convincente que yo pretendía. Le di un abrazo y entré. Subí a mi cuarto sin ni siquiera detenerme a mirar al resto de mi familia, que estaban reunidos en el amplio salón, probablemente haciendo planes para el inminente viaje. Todos me miraban mientras ascendía las escaleras, pero ninguno intentó seguirme. Sabrían que en ese momento prefería estar sola. Y si no lo sabían, mi padre se habría encargado de hacérselo saber.
Me costó horrores conciliar el sueño, como era de esperar. No podía dejar de llorar pensando en todo el tiempo que iba a estar sin ver al abuelo, a Sue, a Seth, al resto de la manada… A todos aquellos que formaban parte de mi vida... Y a Jacob. Aunque él no es que formase exactamente parte de mi vida. Más bien es que era la mitad de ella. ¿Cuáles serían esas dudas que parecían estar atormentándole? ¿Qué era lo que tenía que explicarme? Al final fueron mis propias dudas las que me hundieron en un profundo sopor.
Por la mañana me desperté de un humor estupendo. Al abrir los ojos, la luz del sol, que entraba atropelladamente por la ventana, me cegó. Me cubrí la cara con ambas manos y fui dejando que la claridad penetrase poco a poco entre mis dedos hasta que recuperé la vista por completo. Fuera se oía el alegre canto de los pájaros y el murmullo del río. El cambio tan brusco de clima había influido positivamente en mi estado de ánimo y en mi forma de ver las cosas. Mi perspectiva había cambiado de rumbo. Las cosas no tenían por qué cambiar mientras nos esforzásemos por evitarlo. Mi madre tenía razón. La distancia que iba a separarnos era mucha pero había infinidad de formas de seguir juntos. Me puse melancólica al recordar a Leah. Hacía mucho que no sabía nada de ella. Le escribí una carta después de mi cambio y le mandé un par de fotos, pero no me contestó. Lo poco que sabía de ella era lo que nos contaba Seth. No había vuelto a Forks. Pero lo suyo era comprensible. Ella tenía razones de peso para no hacerlo. Sin embargo, a nosotros no había nada que nos impidiese volver.
Esa misma tarde hablaría con Jake. No me importaba que no entendiese aun lo que tenía que contarme. Lo único que quería es que todo volviese a la normalidad, que él volviese a ser mi Jacob.
Bajé las escaleras a saltitos, tarareando una animada melodía que me iba inventando sobre la marcha y dándole un beso a cada miembro de mi familia que me encontraba por el camino. Esme estaba en la cocina. Le di su beso y un achuchón. Estaba preparándome tortitas y el olor de éstas se mezclaba con el del café recién hecho y el del sirope de fresa, creando una increíble espiral de fragancias.
¡Vaya! Iba a subirte un desayuno especial para levantarte el ánimo. Pero ya veo que no era necesario.
¿Cómo que no es necesario? Has acabado de alegrarme el día.
¿Y puedo saber a qué se debe este repentino cambio de humor? Me cuesta creer que res la misma persona que anoche subió las escaleras como si fuese un espectro.
Le sujeté las manos para hacerle ver el cambio que se había producido en mi mente, dedicándole una amplia sonrisa al estilo Jacob. Cuando acabé, ella me abrazó.
Me alegro de que veas las cosas desde un punto de vista tan optimista. Llevamos posponiendo este viaje mucho tiempo, demasiado quizá, por miedo a cómo pudieses tomártelo. Carlisle estaba muy preocupado. Le vas a dar una gran alegría.
Me senté y comencé a engullir las tortitas con avidez. Estaban deliciosas. Costaba entender cómo alguien que no podía comer, cocinaba con tanta maestría. Debía de tratarse de muchos años de práctica y mucho tiempo libre.
¿Dónde están mis padres y Jazz? No les he visto.
Han ido a terminar de arreglar todo el papeleo.
¡Oh! Bien, entonces luego les veré. Voy a cazar.
Esme me miró sorprendida señalando el plato vacío que tenía frente a mí.
¿A cazar? ¡Pero si acabas de comerte todo eso!
Lo sé, pero esto ha sido sólo un aperitivo. Necesito algo más… contundente.
Suerte que no puedes engordar -suspiró de forma teatral y ambas nos echamos a reír-. Nessie, cielo, por qué no esperas a que venga Jacob o le pides a alguno de tus tíos que te acompañe? No me gusta que andes por ahí sola.
No te preocupes. No voy a ir muy lejos y no va a pasarme nada. Además, me vendrá bien un poco de soledad.
Recogí la mesa y me dirigí al bosque. Por el camino fui recogiendo flores hasta crear un maravilloso ramo multicolor. Decidí pasarme por la casita de mis padres y dejárselo allí. A mi madre le encantaban las flores silvestres, así que esperaba que le agradase el detalle.
La puerta estaba cerrada, pero sabía que escondían una llave bajo uno de los farolillos que iluminaban el camino de la entrada. En el interior había varias cajas amontonadas. Ya habían guardado todo lo que iban a llevarse. Busqué un jarrón, lo llené de agua y lo llevé a la mesa del pequeño saloncito. Coloqué las flores dentro y me dispuse a salir.
Pero algo llamó poderosamente mi atención. Dentro de una de las cajas había cuatro libros con las pastas de cuero negro en las que no había ningún tipo de inscripción. Cogí uno y lo abrí. En el interior pude reconocer la enrevesada caligrafía de mi madre. Leí un par de líneas y comprendí que eran sus diarios. Sabía que se trataba de algo privado, que no estaba bien curiosearlos. Pero no lo pude evitar. Suspendí mi plan de caza, cogí los cuatro libros y decidí llevármelos. Intuía que en ellos encontraría las respuestas que necesitaba.
¿Ya estás aquí?
Esme y Rosalie estaban en el salón viendo la televisión. Me quedé pasmada en la puerta cuando oí la voz de Esme. Iba a ser imposible pasar sin que viesen los diarios y preguntasen.
Sí, es que… Me he encontrado con… Seth y… esto… Me ha dejado unos libros para que los ojee .et voilá!-. Así que he cambiado de planes.
¿Libros? ¿Sobre qué? -Rose se había incorporado y me miraba con curiosidad-. Tengo ganas de leer algo bueno. ¿De qué género son?
Son de…En realidad no lo sé. Sólo me ha dicho que son muy interesantes. Ya te los pasaré cuando los acabe.
Me mordí la lengua en cuanto pronuncié esa frase.
De acuerdo.
Expiré todo el aire que tenía en los pulmones y salí disparada a mi cuarto. Eché el pestillo y aparté las cortinas para que entrase la luz. Me sentía mal. Iba a violar la intimidad de mi madre y sabía que se enfadaría con razón si me descubría. Pero algo me empujaba a hacerlo, algo a lo que no podía resistirme. Intuía que me estaban ocultando muchas cosas y estaba convencida de que esos diarios me ayudarían a desvelarlas.

Cap. 6 Hay Cosas Que Es Mejor No Saber


Como modo de no sentirme tan culpable, hice un trato conmigo misma: sólo leería aquello que fuese realmente indispensable, aquello en lo que, de un modo u otro, me viese aludida. Todo lo demás lo pasaría por alto.
Me senté sobre la cama con los libros apilados junto a mí y rebusqué entre las fechas escritas en el interior hasta dar con el primero. Volví a dudar durante unos segundos, así que decidí que lo mejor sería abrirlo de golpe. Ya no había marcha atrás.
El principio narraba su llegada a Forks. Contaba cómo antes de emprender el viaje, la abuela René intentó convencerla para que se quedase con ella.
La abuela René… Sonreí al recordarla. Cuando mi madre le confesó –a medias- el secreto de mi familia, en lugar de asustarse o creer que le estábamos tomando el pelo, ella sonrió de oreja a oreja y contestó:
<<Sabía que pasaba algo raro, pero no esperaba que fuese tan emocionante.
Al contrario que Charlie, que se negaba rotundamente a saber cualquier detalle, ella se dedicaba a asediarnos con miles de preguntas. Solía venir de visita cada vez que se acercaba mi cumpleaños, siempre cargada con decenas de regalos. Era una mujer realmente divertida. Poco después de mi transformación, le escribí una carta en la que le expliqué lo ocurrido y le mandé algunas fotos para que pudiese verme. Me llamó en cuanto la recibió, no extrañada ni preocupada, sino ofendida porque ella iba a ser la única mujer poco agraciada de la familia…
Estaba deseando verla.
Traté de concentrarme y seguir leyendo. Pasé por encima de las partes en las que hablaba del instituto y de los amigos que había hecho allí: Jessica, Mike, Lauren… Excepto Angela, que solía escribirle a menudo y que nos había visitado en un par de ocasiones, no me caía bien ninguno de los demás. Miraban a mi familia con un recelo odioso, fruto de la envidia, y eso me sacaba de mis casillas.
La forma en que conoció a mi padre y al resto de los Cullen, y lo extrañamente atraída que se sintió por ellos desde el primer momento, me pareció de lo más interesante.
Más adelante narraba su primer encuentro con Jacob, a quien conocía desde niña, en una excursión que hizo con sus amigos a La Push y cómo, intrigada por el comportamiento de mi padre, le convenció para que le contase la leyenda de los fríos, una de las antiguas historias de su tribu en las que ni él mismo creía en aquel momento.
El enfrentamiento contra el aquelarre de James y Victoria fue estremecedor. Mi madre me había hablado de ellos en alguna ocasión, pero al tratarse de recuerdos de su vida humana, había muchos detalles que se le escapaban. Sin embargo, en aquel libro, lo explicaba todo con una precisión espeluznante.
Apenas me llevó una hora leerme el primer diario y no saqué nada en claro.
Nada más abrir el segundo, llamaron a la puerta. Me eché a temblar. Si era mi padre, sabría lo que estaba pensando y estaba perdida. Me habría descubierto. De forma automática escondí los libros en el interior del baúl que había bajo el alféizar de la ventana. Cogí una revista que Rosalie había dejado sobre mi escritorio y abrí la puerta mientras adoptaba un aire despistado e inocente.
¡Buenos días! -mi calma se tornó real en cuanto me encontré con las perfectas facciones de mi madre-. ¿No pensabas bajar a saludar?
¡Buenos días, mami! -la abracé-. Siento mucho lo que pasó ayer. Me comporté cómo una idiota. Sé que es necesario que nos vayamos y prometo no protestar más.
No va a ser tan malo, ya verás.
Lo sé. Todo va a salir bien. Estoy convencida.
Me alegro de verte tan animada -sonrió y, tras mirar el reloj de su muñeca, entornó los ojos-. ¿Aún no ha venido Jacob? Qué raro…
Yo también miré el reloj. Eran casi las doce del mediodía. Normalmente, Jacob llevaría horas dando vueltas por la casa. Claro, olvidaba que últimamente nada era normal en lo que a él se refería. Sentí cómo se formaba un gigantesco nudo en mi garganta y cómo mis ojos se llenaban de lágrimas. Me debatí contra las ganas de llorar, pero fue inútil. Apoyé la cara en su hombro y me cubrí con su pelo cómo solía hacer de pequeña.
No te preocupes. Ya verás cómo se le pasa. Seguro que aún sigue enfadado por todo esto de nuestra marcha. Pero no va a permitir que nos vayamos sin despedirse. Ya lo verás.
¿Y antes de saber que nos íbamos? Mamá, sé que a Jake le pasa algo. Y lo que más me duele es que todos parecéis saber de qué se trata menos yo… Dime qué es, por favor. Y no me vengas con eso de que ya lo entenderé.
No puedo decírtelo -me aparté de ella y la miré con rabia. Ella alzó ambas manos pidiéndome calma-. Deja que te lo explique. No es algo sencillo de comprender. Ni yo misma lo entiendo del todo. Es muy… complejo y, de verdad, estoy segura de que él te lo dirá. Prometí no hacerlo y debo mantener mi palabra. Pero creo que ha llegado el momento de aclarar las cosas… Ahora baja, ¿sí? El abuelo Charlie ha venido y pregunta por ti. También están Sue, Seth y Billy.
¡Seth! Me sequé las lágrimas, forcé una sonrisa y salí a toda mecha rogando que no hubiese hablado con Rosalie todavía. Saludé precipitadamente a todo el mundo y, cogiéndole de la mano, me lo llevé lejos del barullo. Cuando salimos al jardín, me miró con los ojos empequeñecidos.
¿Qué es lo que pasa?
Pasa que… Tú no has hablado con Rose, ¿verdad?
Acabo de llegar. No me ha dado tiempo de hablar con nadie aún.
Mi alivio fue tan mayúsculo que tuve que controlarme para no abrazarme a él gritando de alegría.
Bien. Si te pregunta, dile que los libros que me has dejado son de misterio, ¿vale?
Me dieron ganas de aplaudirme a mí misma. Sabía lo mucho que Rosalie odiaba ese género, por lo que así me aseguraba que no me los pidiese.
¿Libros? ¿De qué me estás hablando?
Ya te lo explicaré. Tú sólo haz lo que te he pedido, por favor.
Está bien. “Los libros que te he dejado son de misterio” -citó-. Lo recordaré.
Esta vez no intenté controlarme y le abracé. Recurrir a él había sido apostar sobre seguro. Cualquiera de los otros no me lo habría puesto ni la mitad de sencillo.
Volvimos dentro. Por el camino intenté concentrarme en cualquier otra cosa y fui fijándome en los distintos cuadros y fotografías de las paredes con tal de tener la mente ocupada en algo que no fuesen los diarios y así impedir que mi padre me descubriese.
Entré en la cocina y me ofrecí para echar una mano con los preparativos de la comida. Carlisle y Esme habían invitado a todos nuestros amigos a una especie de fiesta de despedida. Me situé junto a Alice y comencé a hablar sin parar mientras ayudaba a empanar unos filetes. Ella seguía mi alocado ritmo como si fuese lo más normal del mundo, pero mi madre me miraba con suspicacia desde el otro lado de la encimera. A ella no era tan fácil engañarla.
Cuando la comida estuvo lista y la cocina quedó limpia y vacía, me dispuse a volver al salón junto al resto, pero mi madre me cerró el paso.
Está bien, ¿qué ocurre?
Nada, mamá, ¿por qué?
¿Por qué? ¿Quieres hacerme creer que esa frenética forma de hablar es algo normal en ti?- no supe qué decir, así que permanecí en silencio, retorciéndome los dedos mientras ella tamborileaba sobre la encimera-. ¿Es por Jacob?
La simple mención de su nombre hizo que se me encogiera el estómago. Mis ojos se posaron involuntariamente sobre el reloj de pared. Ya era casi la una y media y él seguía sin aparecer. Además, Billy había venido sólo –bueno, con Charlie-, así que estaba claro que no iba a venir.
Vendrá -mi padre entró en la cocina y me apretó contra su pecho-. Hay mucho que aclarar y no pienso permitir que siga ocultándotelo durante más tiempo. Si no lo hace él, me veré obligado a decírtelo yo. Aunque, de todos modos -me separó de él, sujetándome por los hombros-, estoy seguro de que lo acabarás descubriendo por ti misma muy pronto.
El timbre sonó y me sobresalté. Mi padre suspiró.
No es él.
Pude reconocer la voz ronca de Paul y la risa escandalosa de Rachel. Con ellos venían el resto de la manada, Sam y Emily. Todos habían llegado. Y a pesar del gentío que se encontraba reunido en el salón, yo me sentía sola. Como si fuese la única criatura sobre la faz de la Tierra. La única superviviente de una hecatombe mundial.
Notaba un dolor punzante en el pecho. Un dolor muy similar al que debe de sentirse cuando recibes una puñalada. Y lo cierto es que eso me parecía el comportamiento de Jacob: un apuñalamiento en toda regla.
Subí a mi cuarto, pasando obligatoriamente por el salón y evitando mirar a nadie. Volví a encerrarme y me dejé caer sobre la cama, llorando. Notaba cómo me ahogaba. Me dolía cada desprecio que me había hecho. Y el de hoy era la gota que colmaba el vaso. No tenía bastante con todo el daño que me estaba haciendo sino que, además, ni siquiera iba a dignarse en aparecer para despedirse. ¿Cómo podía ser tan egoísta? ¿Tan malo era lo que fuese que yo le había hecho?
Mi mirada se detuvo en el baúl. Me incorporé y permanecí varios segundos con la vista fija en esa dirección. Restañé las lágrimas que estaban empezando a secarse en mi cara, provocándome un desagradable picor, y me dirigí hacia la ventana tan despacio que cualquiera que hubiese estado mirándome, habría podido pensar que yo era la escena de una película reproducida a cámara lenta. Levanté la tapa del arca. Los diarios parecían mirarme desde el interior, tentándome a seguir rebuscando entre sus páginas. Los cogí y los deposité con sumo cuidado sobre la cama, y busqué mi vieja mochila de cuero, donde los guardé con aún más precaución. Decidí dejar una nota para avisar a mis padres y evitar que creyesen que me había fugado o algo así.
<<Necesito estar sola. No me busquéis. Volveré
a tiempo de despedirme. Disculpadme ante el
abuelo y el resto. “R” >>
Volví junto a la ventana y miré hacia el suelo. La altura era considerable, pero había visto cómo el resto de mi familia saltaba desde lugares mucho más elevados. Si poseía muchas de sus cualidades, tales como una increíble velocidad, ¿por qué no iba a tener también esa? Nunca antes lo había intentado. Me ajusté las asas de la mochila y me encaramé al alféizar. Al mirar de nuevo hacia abajo sentí cómo el vértigo me provocaba unas espantosas náuseas. Cerré los ojos con fuerza e inspirando una enorme bocanada de aire, me encogí para tomar impulso y… Salté. Justo cuando el miedo a romperme algún hueso estaba empezando a hacer acto de presencia, noté cómo mis pies se apoyaban en el suelo con suavidad. Abrí lentamente los ojos. Todavía algo mareada, alcé la vista para observar la ventana de mi habitación, situada en el tercer piso. Me parecía inverosímil haber saltado desde esa altura, cuando lo que había sentido realmente era más parecido a bajar un insignificante escalón.
Cuando se esfumaron las ganas de vomitar, emprendí la carrera. Aunque había tratado de ser lo más silenciosa posible, lo más probable es que mi padre me hubiera oído y no tardase mucho en salir tras de mi. Por eso, mientras me internaba en el bosque pensaba una y otra vez: “Quiero estar sola. Quiero estar sola…”. Esperaba que así le quedase claro.
Busqué un lugar alejado donde poder estar tranquila y lo encontré junto al río. Me distancié algo más, corriendo en paralelo a la orilla. La mochila parecía pesar toneladas, no por los diarios, sino por la culpabilidad que me recriminaba sin cesar que no debería de haberlos cogido. Cuando me detuve, me la quité y la dejé sobre una roca, a cierta distancia del agua. Me acomodé sobre una roca plana cubierta de musgo, saqué el segundo libro y empecé a pasar las páginas.
Lloré con la desgarradora soledad y el dolor que se apoderaron de mi madre cuando mi padre desapareció de su vida. Jacob se convirtió en su mejor amigo y en una especie de anestesia que le ayudaban a sobrellevar los días con un poco de alegría. Para referirse a él empleaba términos como “mi sol personal” o “mi puerto seguro”... Y cada vez quedaban más expuestos los sentimientos de Jake hacia ella, lo cual me produjo una extraña e incómoda molestia.
Seguí avanzando, deteniéndome únicamente en aquellas partes en las que aparecía su nombre. A diferencia del primer diario, en éste aparecía en casi todas las páginas. Pero no había mucho que leer. Lo más interesante fue descubrir cómo le había revelado que él era un licántropo. El resto giraba en torno a la paciente lucha que Jacob mantenía porque mi madre le prestase una atención que ella no estaba dispuesta a concederle.
Más adelante encontré algo que ya conocía. Mi padre, después de que Alice creyese ver morir a mi madre en una de sus visiones, huyó a Italia para emprender una misión suicida ante los Vulturis. Afortunadamente, mi madre y Alice llegaron a tiempo y éstos les permitieron volver a casa bajo la promesa de que convertirían a mi madre, pues conocía la existencia de los vampiros, algo que no le está permitido a ningún humano.
En las últimas páginas, mi padre le ofrecía ser él quien obrase el cambio si ella aceptaba a cambio casarse con él, algo a lo que mi madre se opuso enérgicamente.
El final era la descripción de una discusión entre él y Jacob. Esto de las riñas entre ellos no era ninguna novedad. Por lo visto, venía de lejos.
Guardé ese libro y saqué el tercero. Me sentía como si estuviese leyendo una novela de ficción totalmente adictiva en la que mis familiares y amigos desempeñaban los papeles principales. Estaba enganchada por completo a aquella historia que, hasta ese momento y salvo contados detalles, me había sido desconocida.
En las primeras páginas mi madre, de nuevo feliz tras el regreso de su gran amor, trataba por todos los medios de recuperar a Jake, a quien llevaba semanas sin ver tras la discusión que éste mantuvo con mi padre. Y no paró hasta conseguirlo. Él, por su parte, seguía dispuesto a luchar por ella, sin importarle las veces que ella le repitiese que sólo quería a mi padre y que siempre iba a ser así.
Mientras, Victoria buscaba el modo de acabar con su vida como venganza por la muerte de James.
En una de las páginas encontré una palabra que atrajo por completo mi atención, “imprimación”. Llegué a la conclusión de que era algo que ni ella misma había logrado definir con exactitud pues, para explicarlo, había reproducido la conversación. Jacob estaba contándole una historia que yo me sabía al dedillo. La historia de Sam y Leah y por qué él la abandonó por Emily. Siempre que me había interesado por el motivo de dicho abandono –curiosidad que aumentó tras la marche de Leah-, él me había dicho que se trataba de algo muy complicado y, para variar, había agregado eso de “ya lo entenderás”.
Pues bien, al menos esto, había llegado el momento de entenderlo:
<<¿Has oído hablar de la imprimación?
<<—¿Imprimación? -Repetí esa expresión tan poco familiar-. No, ¿qué significa?
<<—Es una de las cosas singulares con las que nos las tenemos que ver, aunque no le sucede a todo el mundo. De hecho, es la excepción, no la regla. Por aquel entonces, Sam ya había oído todas las historias que solíamos tomar como leyendas y sabía en qué consistía, pero ni en sueños…
<<—¿Qué es? -le azucé.
<<La mirada de Jacob se ensimismó en la inmensidad del océano.
<<—Sam amaba a Leah, pero no le importó nada en cuanto vio a Emily. A veces, sin que sepamos exactamente la razón, encontramos de ese modo a nuestras parejas -Sus ojos volvieron a mirarme de forma fugaz mientras se ponía colorado-. Me refiero a nuestras almas gemelas.
<<—¿De qué modo? ¿Amor a primera vista? -me burlé.
<<Él no sonreía y en sus ojos oscuros leí una crítica a mi reacción.
<<—Es un poquito más fuerte que eso. Más… contundente.
<<—Perdón -murmuré-. Lo dices en serio, ¿verdad?
<<—Así es.
<<—¿Amor a primera vista pero con más fuerza? -Había aún una nota de incredulidad en mi voz y él podía percibirla.
<<—No es fácil de explicar. De todas formas, tampoco importa -se encogió de hombros-. Querías saber qué sucedió para que Sam odiara a los vampiros, porque su presencia le transformó e hizo que se detestara a sí mismo. Pues eso fue lo que sucedió, que le rompió el corazón a Leah. Quebrantó todas las promesas que le había hecho. Sam ha de ver la acusación en los ojos de Leah todos los días con la certeza de que ella tiene razón.






El libro se resbaló de mis manos y cayó al suelo, por suerte, fuera del agua.
Ahora, por fin, lo entendía todo. Ahora podía comprender ciertas cosas como, por ejemplo, por qué Jacob pasaba tanto tiempo con nosotros.
Había imprimado a mi madre.
Yo había sido únicamente la excusa perfecta para poder permanecer más tiempo junto a ella. Por eso mi padre discutía tanto con él. Éso era lo que leía en su mente, éso por lo que tanto se enfadaba. ¿Cómo no iba a enfadarse cuando estaban tratando de arrebatarle al amor de su vida?
Claro… Había sido tan estúpida al creer que yo le importaba. No había sido más que un objeto. Parte de su plan. Una marioneta que él había estado manejando para conseguir su verdadero objetivo: a mi madre.
Empecé a notar de nuevo ese dolor en el pecho. Me tumbé de lado en el suelo y encogí las piernas hasta hacerme un ovillo para intentar calmarlo. Pero no servía de nada. El puñal entraba y salía de mi cuerpo a su antojo, sin ningún tipo de piedad, desgarrando mis músculos y cada uno de mis órganos. El dolor era más intenso en el corazón, que parecía estar apretado en una mano que le impedía latir.
Sobre mi cabeza, las nubes habían empezado a cubrir el cielo. Oía a lo lejos el retumbar de los truenos. Era como si mi estado de ánimo influyese misteriosamente en la climatología. Pronto empezaría a llover. Pero no me importaba. No me importaba lo más mínimo ni eso ni ninguna otra cosa.
Todo había cobrado sentido haciendo que ya nada lo tuviese para mí.
Mi mejor amigo, la persona más importante de mi vida, me había traicionado.
Entonces algo se iluminó en mi mente. Como si alguien hubiese apretado un interruptor. Era algo que llevaba mucho tiempo dormido en mi interior y que había despertado como consecuencia del enorme dolor que en ese momento se estaba apoderando de todo mi cuerpo. Leer todo eso no sólo me había servido para descubrir que Jacob estaba enamorado, imprimado o lo que fuera de mi madre, sino que, además, me había ayudado a revelarme a mí misma algo más.
Yo misma estaba enamorada. Amaba profunda y desesperadamente a Jacob Black. Sentía algo tan fuerte por él que dolía casi tanto como su traición. Un dolor que se metía en mi cabeza y me hacía sentir que iba a romperme en pedazos en cualquier momento.
¿Por qué no me había dado cuenta antes? ¿Cómo podía haber estado tan ciega? Le amaba. Le había estado amando durante cada segundo de mi vida. Incluso había algo que me hacía pensar que ya le quería antes de nacer. Sonaba estúpido, pero me parecía tan estúpido como cierto. ¿Es que había tenido que descubrir que él estaba enamorado de otra persona para poder ser consciente de lo que yo misma sentía? Era una completa imbécil.
Unas frías gotas de lluvia cayeron en mi cara y se entremezclaron con mis lágrimas.
De pronto me sentí identificada con Leah. El viaje a Fairbanks había tomado un rumbo totalmente diferente. “La distancia hace el olvido”. Las palabras de mi amiga resonaron con fuerza en mi memoria.
Me puse en pie y guardé los diarios, que habían empezado a mojarse. Y corrí a casa mientras una lluvia torrencial empapaba mi débil y entumecido cuerpo.
Tenía que preparar mi equipaje.